LA CONCIENCIA DE LOS EX COMUNISTAS*


THE EX-COMMUNISTS’ CONSCIENCE



Isaac Deutscher*

* Historiador, escritor y político polaco (1907-1967).


Ignazio Silone cuenta que una vez dijo jocosamente a Togliatti, el líder comunista italiano: “La lucha final será entre los comunistas y los ex comunistas”. Hay en esa broma una amarga gota de verdad. En las escaramuzas de propaganda contra la URSS y el comunismo, los ex comunistas o los ex compañeros de viaje son los tiradores más activos. Con la displicencia que le distingue de Silone, Arthur Koestler hace una observación similar: “A todos los comodones insulares anticomunistas anglosajones os pasa lo mismo. Odiáis nuestros lamentos de Casandra y os resentís de tenernos por aliados; pero, en fin de cuentas, nosotros, los ex comunistas, somos las únicas personas de vuestro bando que saben de qué se trata”.

El ex comunista es el enfant terrible de la política contemporánea. Aflora en los lugares y los rincones más singulares. Nos aborda y nos obliga a escucharlo en Berlín, para contar la historia de su “batalla de Stalingrado”, librada allí, en Berlín, contra Stalin. Se lo puede encontrar junto a De Gaulle: nada menos que André Malraux, el autor de La condición humana. En el más extraño proceso político de los Estados Unidos, los ex comunistas han apuntado con el dedo, durante meses, a Alger Hiss. Otra ex comunista, Ruth Fischer, denuncia a su hermano, Gerhart Eisler, y echa en cara a los británicos que no lo entregasen a los Estados Unidos. Un ex trotskista, James Burnham, flagela a los hombres de negocios norteamericanos por su verdadera o supuesta falta de conciencia de clase capitalista, y esboza un programa de acción para nada menos que la derrota universal del comunismo. Y, ahora, seis escritores –Koestler, Silone, André Gide, Louis Fischer, Richard Wright y Stephen Spender– se reúnen para exhibir y destruir al Dios que cayó.

La “legión” de los ex comunistas no marcha en estrecha formación. Está desperdigada y ofrece un espectro amplio y prolongado. Sus miembros se parecen mucho los unos a los otros, pero también difieren. Tienen rasgos comunes y características individuales. Todos han abandonado un ejército y un campamento: algunos como objetores de conciencia, algunos como desertores, y otros como merodeadores. Unos cuantos se aferran serenamente a sus objeciones de conciencia, mientras que otros reclaman vociferantemente comisiones en un ejército al que se han opuesto de un modo encarnizado. Todos ellos llevan sobre sí pedazos y andrajos del antiguo uniforme, complementados con los más fantásticos y sorprendentes trapos nuevos. Y todos llevan dentro de sí sus comunes resentimientos y sus reminiscencias individuales.

Algunos se unieron al partido en cierto momento y otros en un momento distinto; la fecha de su incorporación es de gran interés para comprender sus experiencias ulteriores. Por ejemplo, aquellos que entraron en el partido en los años veinte llegaron a un movimiento en el que el idealismo revolucionario encontraba muchas oportunidades. La estructura del partido era todavía fluida; no había entrado aún en el molde totalitario. La integridad intelectual se valoraba aún en un comunista; todavía no se había rendido al bien de la raison d’état de Moscú. Los que se unieron al partido en la década de 1930 comenzaron su experiencia en un nivel mucho más bajo. Desde el principio fueron manipulados como reclutas en los cuarteles del partido por los sargentos mayores del partido.

Esa diferencia es significativa para la cualidad de las reminiscencias de los ex comunistas. Silone, que se unió al partido en 1921, recuerda su primer contacto con verdadero entusiasmo; sus recuerdos transmiten plenamente la excitación intelectual y el entusiasmo moral que latían en aquellos tempranos días. Los recuerdos de Koestler y Spender, que llegaron al partido después de 1930, revelan la completa esterilidad moral e intelectual de su primer contacto. Silone y sus camaradas se ocuparon intensamente de ideas fundamentales, antes y después de ser absorbidos por los afanes del deber cotidiano. En la historia de Koestler, su encuadramiento y cometido en el partido dejan desde el primer momento en la sombra toda cuestión de ideal y convicción personal. El comunista de primera hora era un revolucionario antes de convertirse, o de que se supusiese que debía convertirse, en una marioneta. El comunista tardío apenas tuvo la oportunidad de respirar el genuino aire de la revolución.

No obstante, los motivos originarios para su incorporación al partido fueron similares, si no idénticos, en casi todos los casos: la experiencia de la injusticia o de la degradación social; el sentimiento de inseguridad fomentado por crisis sociales o económicas; y el anhelo de un gran ideal u objetivo, o de una guía intelectual digna de confianza, para moverse en el difícil laberinto de la sociedad moderna. Los neófitos del comunismo sentían que las miserias del viejo orden capitalista eran insoportables; y la luz brillante de la revolución rusa iluminaba con una extraordinaria nitidez aquellas miserias.

El socialismo, la sociedad sin clases, la desaparición del estado: todo eso parecía a la vuelta de la esquina. Pocos neófitos sospechaban la sangre, el sudor y las lágrimas que vendrían más tarde. El intelectual convertido al comunismo parecía a sus propios ojos un nuevo Prometeo, excepto que no estaba encadenado a la roca por la ira de Júpiter. “A partir de aquel momento [así recuerda ahora Koestler su propio estado de ánimo en aquellos días] nada podía perturbar la serenidad y la paz interior del converso, a no ser el miedo ocasional a perder de nuevo la fe”.

Nuestro ex comunista denuncia ahora amargamente la traición de sus esperanzas. Y le parece que tal cosa casi no ha tenido precedentes. No obstante, cuando describe con elocuencia sus primeras esperanzas e ilusiones, detectamos un tono extrañamente familiar. Exactamente de la misma manera rememoraban el desilusionado Wordsworth y sus contemporáneos sus primeros entusiasmos juveniles por la revolución francesa:

Bliss was it in that dawn to be alive,
But to be young was very heaven
1

El comunista intelectual que se aparta emocionalmente de su partido puede pretender para sí una noble ascendencia. Beethoven hizo pedazos la primera página de su Heroica, en la que había puesto la dedicatoria de su sinfonía a Napoleón, tan pronto como supo que el primer cónsul se disponía a subir a un trono. Wordsworth llamó a la coronación de Napoleón “un triste revés para toda la humanidad”. En toda Europa los entusiastas de la revolución francesa quedaron aturdidos al descubrir que el corso liberador de los pueblos y enemigo de los tiranos era a su vez un tirano y un opresor.

Del mismo modo, los Wordsworth de nuestros días se disgustaron al ver a Stalin fraternizar con Hitler y Ribbentrop. Aunque en nuestros días no se habían creado nuevas Heroicas, las páginas con dedicatorias de sinfonías no escritas fueron rotas igualmente con grandes alardes.

En The God that Failed, Louis Fischer trata de explicar, con ciertos aires de remordimiento y no muy convincentemente, por qué se adhirió tanto tiempo al culto de Stalin. Analiza la variedad de motivos, unos de acción lenta y otros de acción rápida, que determinan el momento en que la persona se recobra de su apasionamiento por el stalinismo. La fuerza de la desilusión europea ante Napoleón fue casi igualmente irregular y caprichosa. Un gran poeta italiano, Ugo Foscolo, que había sido soldado de Napoleón y había compuesto una Oda a Bonaparte, el liberador, se revolvió contra su ídolo después del tratado de Campoformio, que debió pasmar a un “jacobino” de Venecia más o menos como el pacto nazi-soviético pasmó a los comunistas polacos. Pero un hombre como Beethoven permaneció bajo el hechizo de Bonaparte durante siete años más, hasta que vio al déspota quitarse la máscara republicana, un hecho que abrió los ojos de los hombres de un modo comparable al de las purgas stalinistas de los años treinta.

No puede haber tragedia mayor que la de una gran revolución que sucumbe al puño que tenía que defenderla de sus enemigos. No puede haber espectáculo tan repugnante como el de una tiranía posrevolucionaria vestida con las banderas de la libertad. El ex comunista está moralmente tan justificado como lo estaba el jacobino al denunciar el espectáculo y revolverse contra él.

Pero, ¿es verdad, como Koestler pretende, que “los ex comunistas son las únicas personas [...] que saben de qué se trata”? Puede aventurarse la afirmación de que la verdad es exactamente lo contrario: de todas las personas, las que menos saben de qué se trata son los ex comunistas.

En cualquier caso, las pretensiones pedagógicas de los escritores ex comunistas parecen groseramente exageradas. La mayoría de ellos (Silone es una notable excepción) no han estado nunca dentro del verdadero movimiento comunista, en el meollo de su organización clandestina o abierta. Por regla general, se han movido en la orla literaria o periodística del partido. Sus nociones de la doctrina y la ideología comunista han solido brotar de su propia intuición literaria, que es a veces aguda, pero frecuentemente desorientadora.

Aún peor es la característica incapacidad del ex comunista para la imparcialidad. Su reacción emocional contra su anterior milieu no lo suelta de su garra mortal y le impide comprender el drama en que se vio implicado o medio implicado. El cuadro del comunismo y del stalinismo que pinta el ex comunista es el cuadro de una gigantesca cámara de horrores intelectuales y morales. Al contemplarlo, el no iniciado se siente transportado de la política a la demonología. A veces el efecto artístico puede ser vigoroso: horrores y demonios entran en muchas obras maestras; pero es políticamente indigno de confianza, e incluso peligroso. Desde luego, la historia del stalinismo abunda en horrores. Pero ése no es más que uno de sus elementos; e incluso ése, el demoníaco, tiene que traducirse en términos de motivos e intereses humanos. Y el ex comunista ni siquiera intenta esa traducción.

En un raro relámpago de auténtica autocrítica, Koestler hace esta admisión:

Por regla general, nuestros recuerdos representan románticamente el pasado. Pero cuando uno ha renunciado a un credo o ha sido traicionado por un amigo, lo que funciona es el mecanismo opuesto. A la luz del conocimiento posterior, la experiencia original pierde su inocencia, se macula y se vuelve agria en el recuerdo. En estas páginas he tratado de recobrar el estado de ánimo en que viví originariamente las experiencias [en el partido comunista] relatadas, y sé que no lo he conseguido. No he podido evitar la intrusión de ironía, cólera y vergüenza; las pasiones de entonces parecen transformadas en perversiones; su certidumbre interior, en el universo cerrado en sí mismo del drogado; la sombra del alambre de espinos atraviesa el campo de la memoria. Aquellos que fueron cautivados por la gran ilusión de nuestro tiempo y han vivido su orgía moral e intelectual, o se entregan a una nueva droga de tipo opuesto, o están condenados a pagar su entrega a la primera con dolores de cabeza que les durarán hasta el final de sus vidas.

Ése no es necesariamente el caso de todos los ex comunistas. Es posible que algunos sientan que su experiencia ha estado libre de los mórbidos armónicos descritos por Koestler. Sin embargo, éste ha dado en ese pasaje una caracterización veraz y honrada del tipo de ex comunista al que él mismo pertenece. Pero es difícil concordar ese autorretrato con su pretensión de que la cofradía en cuyo nombre habla sean las únicas personas [...] que saben de qué se trata”. Con el mismo derecho, quien haya sufrido un shock traumático puede pretender que es el único que realmente entiende de heridas y de cirugía. Lo único que el intelectual ex comunista sabe, o, mejor dicho, siente, es la naturaleza de su propia enfermedad; pero ignora el carácter de la violencia externa que la ha producido y su posible terapéutica.

Ese emocionalismo irracional domina la evolución de muchos ex comunistas. “La lógica de la oposición a toda costa –dice Silone– ha llevado a muchos ex comunistas muy lejos de sus puntos de partida; en algunos casos, hasta el fascismo”. ¿Cuáles fueron aquellos puntos de partida? Casi todos los ex comunistas rompieron con el partido en nombre del comunismo. Casi todos ellos se propusieron defender el ideal del socialismo de los abusos de una burocracia sometida a Moscú. Casi todos empezaron por vaciar el agua sucia de la revolución rusa para proteger al niño que se estaba bañando en ella.

Más pronto o más tarde, esas intenciones se olvidan o se abandonan. Después de romper con una burocracia de partido en nombre del comunismo, el hereje rompe con el comunismo. Pretende haber descubierto que la raíz del mal alcanza una profundidad mucho mayor de lo que imaginó al principio, aun cuando es posible que su ahondamiento en busca de esa raíz haya sido muy perezoso y superficial. El ex comunista no defiende ya el socialismo de los abusos poco escrupulosos; lo que hace ahora es defender a la humanidad de la falacia del socialismo. Ya no trata de vaciar el agua sucia de la revolución rusa para proteger al niño: descubre que el niño es un monstruo al que hay que estrangular. El hereje se convierte así en renegado.

En qué medida se aparte de su punto de partida, y, como dice Silone, se convierta en fascista o no, depende de las inclinaciones y gustos del ex comunista: una estúpida caza de herejes stalinistas lleva a menudo a extremos al ex comunista. Pero, cualesquiera que sean los matices de las distintas actitudes individuales, generalmente el intelectual ex comunista deja de oponerse al capitalismo. A menudo une sus fuerzas a los defensores de éste, y aporta a esa tarea la falta de escrúpulos, la estrechez mental, el desprecio a la verdad y el odio intenso que le fue imbuido por el stalinismo. Continúa siendo un sectario. Es un stalinista vuelto del revés. Sigue viendo el mundo en blanco y negro, sólo que ahora los colores se distribuyen de modo distinto. Como comunista, no ve diferencia entre los fascistas y los socialdemócratas. Como anticomunista, no ve diferencia entre el nazismo y el comunismo. En otro tiempo aceptó la infalibilidad del partido; ahora se cree infalible a sí mismo. Después de haber sido arrebatado por la “mayor ilusión”, está ahora obsesionado por la mayor desilusión de nuestro tiempo.

Su anterior ilusión suponía al menos un ideal positivo. Su desilusión actual es enteramente negativa. En consecuencia, su papel es intelectual y políticamente infecundo. También en eso se parece al amargado ex jacobino de la época napoleónica. Wordsworth y Coleridge estaban fatalmente obsesionados por el “peligro jacobino”; su miedo amortiguó incluso su genio poético. Fue Coleridge quien denunció en la Cámara de los Comunes un proyecto de ley de prevención de la crueldad contra los animales como “el mejor ejemplo de jacobinismo legislativo”. El ex jacobino pasó a ser el apuntador de la reacción antijacobina en Inglaterra. Directa o indirectamente, su influencia se encuentra detrás de las leyes contra los escritos sediciosos y la correspondencia traidora, de prácticas traidoras y de reuniones sediciosas (1792-94), detrás de la derrota de las reformas parlamentarias, detrás de la suspensión del acta de habeas corpus, y del aplazamiento, durante toda una generación, de la emancipación de las minorías religiosas de Inglaterra. Y, en vista de que el conflicto con la Francia revolucionaria “no era ocasión de hacer experimentos azarosos”, también al mercado de esclavos se le concedió derecho a la vida... en nombre de la libertad.

Exactamente de la misma manera, nuestros ex comunistas, por la mejor de las razones, hacen las cosas más execrables. El ex comunista avanza brevemente en primera línea en toda caza de brujas. Su ciego odio hacia su anterior ideal es una levadura para el conservadurismo contemporáneo. No es raro que los ex comunistas denuncien la más suave tendencia del “Estado benefactor” como “bolchevismo legislativo”. El ex comunista hace una contribución de peso al clima moral en que se incuba la contrapartida moderna de la reacción antijacobina inglesa.

La grotesca actuación del ex comunista es un reflejo de la situación sin salida en que él mismo se encuentra. La situación sin salida no es exclusivamente suya; él se encuentra en el mismo callejón en que toda una generación lleva una vida incoherente y perpleja.

El paralelo histórico aquí trazado se extiende al paisaje general de las dos épocas. El mundo está escindido entre el stalinismo y la alianza antistalinista de modo muy parecido a como estuvo escindido entre la Francia napoleónica y la Santa Alianza. Es una escisión entre una revolución “degenerada”, explotada por un déspota, y una agrupación de intereses conservadores predominantes, aunque no exclusivos. En términos de política práctica, la elección parece estar ahora, como lo estuvo entonces, limitada a esas alternativas. Sin embargo, los aspectos buenos y malos de esa controversia están tan desesperadamente confundidos que, cualquiera que sea la elección que se haga, y cualesquiera que sean los motivos prácticos de la misma, es casi seguro que a la larga, y en el sentido más ampliamente histórico, esté equivocada.

Un hombre honrado y de mente crítica podría reconciliarse tan poco con Napoleón como con Stalin. Pero, a pesar de la violencia y engaños de Napoleón, el mensaje de la revolución francesa sobrevivió para resonar poderosamente durante todo el siglo XIX. La Santa Alianza liberó a Europa de la opresión napoleónica y, por algún momento, su victoria fue aclamada por la mayoría de los europeos. No obstante, lo que Castlereagh, Metternich y Alejandro I tenían que ofrecer a la Europa “liberada” era meramente la conservación de un viejo orden en descomposición. Así, los abusos y la agresividad de un imperio engendrado por la revolución permitieron seguir viviendo al feudalismo europeo. Ése fue el más inesperado triunfo de los ex jacobinos. Pero el precio que pagaron fue que ellos mismos, y su causa antijacobina, aparecieron como anacronismos viciosos y ridículos. En el año de la derrota de Napoleón, Shelley escribió a Wordsworth:

In honoured poverty thy voice did weave
Songs consecrate to truth and liberty –
Deserting these, thou leavest me to grieve,
Thus having been, that thou shouldst caese to be
2.

Si nuestros ex comunistas tuviesen algún sentido histórico, harían bien en ponderar esa lección.

Algunos de los animadores ex jacobinos de la reacción antijacobina tenían tan pocos escrúpulos ante su cambio de chaqueta como los Burnham y las Ruth Fischer de hoy. Otros sentían remordimientos, y se excusaban mediante el recurso al sentimiento patriótico, o a una filosofía del mal menor, o a ambas cosas, para explicar por qué habían tomado el partido de las viejas dinastías contra un emperador advenedizo. Aunque no negasen los vicios de las cortes y de los gobiernos que en otro tiempo habían denunciado, alegaban que aquellos gobiernos eran más liberales que Napoleón. Eso era sin duda verdad en el caso del gobierno de Pitt, aunque a la larga la influencia social y política de la Francia napoleónica en la civilización europea fuese más permanente y fecunda que la de la Inglaterra de Pitt; y no hay ni que hablar de la Austria de Metternich o la Rusia del zar Alejandro. “¡Qué pena que todas las mejores esperanzas de la tierra estén puestas en ti!”: ése fue el suspiro de resignación con que Wordsworth se reconcilió con la Inglaterra de Pitt. “Mucho más abyecto es tu enemigo”, era su fórmula de reconciliación.

“Muchísimo más abyecto es tu enemigo”, podría haber sido el lema de The God that Failed y de la filosofía del mal menor expuesta en sus páginas. El ardor con que los escritores de ese libro defienden a Occidente contra Rusia y el comunismo es a veces enfriado por la incertidumbre o por una inhibición ideológica residual. La incertidumbre aparece entre líneas de sus confesiones, o en curiosos apartes.

Silone, por ejemplo, describe aun a la Italia premussoliniana contra la que, en su condición de comunista, se había rebelado, como “pseudodemocrática”. Apenas cree que la Italia posmussoliniana sea mejor, pero ve a su enemigo stalinista como “más, mucho más abyecto”. En mayor medida que los demás coautores del libro que comentamos, Silone tiene conciencia del precio que los europeos de su generación han pagado ya por la aceptación de filosofías de mal menor. Louis Fischer aboga por la “doble repulsa” del comunismo y del capitalismo, pero su repulsa de este último suena a débil fórmula para salvar la cara; y su culto recién descubierto del gandhismo no hace otra impresión que la de un escapismo embarazoso. Pero es Koestler quien, ocasionalmente, en medio de toda su afectación de frenesí anticomunista, revela algunas curiosas reservas mentales: “si revisamos la historia –dice– y comparamos los fines elevados en cuyo nombre empiezan las revoluciones, con el triste final al que conducen, vemos una y otra vez cómo una civilización corrompida corrompe a sus propios productos revolucionarios” (el subrayado es mío). ¿Ha meditado Koestler las implicaciones de sus propias palabras, o no hace otra cosa que acuñar un bon mot? Si el “producto revolucionario”, el comunismo, ha sido realmente “corrompido” por la civilización contra la que se ha rebelado, entonces, por repulsivo que el producto pueda ser, la fuente del mal no está en el mismo, sino en aquella civilización. Y eso será así con independencia del celo con que el propio Koestler pueda hacer de abogado de los “defensores” de la civilización a lo Chambers.

Aún más sorprendente es otro pensamiento –¿o quizás es también solamente un bon mot?– con el que Koestler pone inesperadamente fin a su confesión:

Serví al partido comunista durante siete años, el mismo tiempo que Jacob pastoreó las ovejas de Labán para conseguir a Raquel. Cuando el tiempo estuvo cumplido, la novia fue conducida a la oscura tienda de Jacob; hasta la mañana siguiente no descubrió éste que sus ardores se habían dirigido no a la amable Raquel, sino a la desagradable Lía. Me pregunto si Jacob se recuperó alguna vez de la conmoción emocional de haber dormido con una ilusión. Me pregunto si después creyó haber creído alguna vez en aquélla. Me pregunto si el final feliz de la leyenda se repetirá; porque, al precio de otros siete años de esfuerzos, Jacob obtuvo también a Raquel, y la ilusión se hizo carne. Y los siete años no le parecieron más que unos pocos días, por el amor que le tenía.

Uno puede pensar que Jacob-Koestler se entrega a la ingrata reflexión de si no habrá dejado demasiado precipitadamente de pastorear a las ovejas de Labán-Stalin, en vez de esperar con paciencia a que su “ilusión se hiciese carne”.

Mis palabras no pretenden censurar, ni menos castigar, a nadie. Mi propósito, conviene repetirlo, es poner de relieve una confusión de ideas que el intelectual ex comunista no es el único en padecer.

En uno de sus artículos recientes, Koestler desahoga su irritación contra aquellos buenos viejos liberales que se escandalizaron por el exceso de celo anticomunista en un antiguo comunista y le vieron con el disgusto con que la gente ordinaria ve al “sacerdote que cuelga la sotana y se lleva a una muchacha al baile”.

Bueno, los buenos viejos liberales pueden tener razón, después de todo: es posible que ese tipo peculiar de anticomunista les parezca como un cura que cuelga la sotana y se “lleva al baile” no precisamente a una muchacha, sino a una ramera. La completa confusión intelectual y emocional del ex comunista le hace inadecuado para toda actividad política. Está acosado por una vaga sensación de haber traicionado o sus ideales anteriores o los ideales de la sociedad burguesa; como Koestler, puede incluso tener una noción ambivalente de haber traicionado a unos y otros. Entonces intenta suprimir su sentimiento de culpabilidad e incertidumbre, o esconderlo con una manifestación de extraordinaria certidumbre y frenética agresividad. Insiste en que el mundo debería ver la incómoda conciencia que él padece como la más clara de las conciencias. Es posible que el ex comunista deje de interesarse por toda causa que no sea ésta: la de su propia autojustificación. Y, para cualquier actividad política, ése es el más peligroso de los motivos.

Parece que la única actitud digna que el intelectual ex comunista puede adoptar es la de elevarse au-dessus de la mélée. No puede unirse al campo stalinista, ni a la Santa Alianza antistalinista, sin hacer violencia a lo mejor de sí mismo. Dejémosle, pues, que se mantenga aparte de ambos campos. Dejémosle que trate de recuperar el sentido crítico y la imparcialidad intelectual. Dejémosle superar la pequeña ambición de meter un dedo en el pastel político. Dejémosle en paz al menos con su propio yo, si el precio que ha de pagar por una falsa paz con el mundo es la renuncia de sí mismo y la denuncia de sí mismo.

Eso no quiere decir que el ex comunista que sea escritor, o intelectual en general, deba retirarse a la torre de marfil. (De su pasado le queda un desprecio por la torre de marfil). Pero sí puede retirarse a una torre de observación, a una atalaya. Observar alerta y con imparcialidad este inquieto caos de mundo, estar al acecho de lo que pueda brotar del mismo e interpretarlo sine ira et studio; ése es ahora el único servicio honorable que el intelectual ex comunista puede ofrecer a una generación en la que la observación escrupulosa y la interpretación honrada se han hecho tan tristemente raras. (¿No es chocante lo poco que se encuentra de observación e interpretación, y lo mucho de filosofismos y sermoneos, en los libros de la pléyade de los escritores ex comunistas de talento?).

Pero, ¿puede ahora verdaderamente el intelectual ser un observador imparcial de este mundo? Aunque el tomar partido le haga identificarse con causas que no son la suya, ¿no tiene igualmente que tomar partido? Bien, podemos recordar a algunos grandes “intelectuales” del pasado que, en una situación similar, se negaron a identificarse con ninguna causa establecida. Su actitud parecía incomprensible a muchos de sus contemporáneos: pero la historia ha probado que su juicio había sido mejor que las fobias y odios de su tiempo. Podemos mencionar aquí tres nombres: Jefferson, Goethe y Shelley. Los tres, cada uno de ellos de una manera diferente, tuvieron que enfrentarse a la opción entre la idea napoleónica y la Santa Alianza. Los tres, cada uno de ellos de manera diferente, se negaron a elegir.

Jefferson fue el más leal de los amigos de la revolución francesa en el período heroico de sus comienzos. Estaba dispuesto a perdonar incluso el terror, pero se apartó con disgusto del “despotismo militar” de Napoleón. Sin embargo, no tuvo trato alguno con los enemigos de Bonaparte, los “hipócritas liberadores” de Europa, como él los llamaba. Su imparcialidad no era meramente lo que convenía al interés diplomático de una república joven y neutral; brotaba naturalmente de las convicciones republicanas y de la pasión democrática del propio Jefferson.

A diferencia de Jefferson, Goethe vivió en el mismo centro de la tormenta. Las tropas de Napoleón y los soldados de Alejandro, por turno, establecieron sus cuarteles en Weimar. Como ministro de su príncipe, Goethe se inclinó de modo oportunista ante uno y otro invasor; pero como pensador y como hombre se mantuvo no comprometido y apartado. Era consciente de la grandeza de la revolución francesa y estaba impresionado por sus horrores. Saludó el sonido de los cañones franceses en Valmy, como la obertura de una época nueva y mejor, y supo ver a través de las locuras de Napoleón. Aclamó el momento en que Alemania se liberó de Napoleón, y tuvo una aguda conciencia de la miseria de aquella “liberación”. Su alejamiento, en ese y en otros asuntos, le valieron el sobrenombre de “el olímpico”; y no siempre se pretendía que esa etiqueta fuese enaltecedora. Pero su aspecto olímpico no se debía a su indiferencia por el destino de sus contemporáneos. Velaba su drama personal: su incapacidad y falta de ganas de identificarse con causas que eran un inextricable revoltijo de elementos buenos y malos.

Finalmente, Shelley contempló el choque de los dos mundos con toda la ardiente pasión, ira y esperanza de que era capaz su gran alma joven: indudablemente él no era un “olímpico”. Aun así, ni por un momento aceptó las pretensiones santurronas de ninguno de los beligerantes. A diferencia de los ex jacobinos, más viejos que él, fue fiel a la idea republicana jacobina. En su condición de republicano, y no como patriota de la Inglaterra de Jorge III, dio la bienvenida a la caída de Napoleón, aquel “esclavo sin verdaderas ambiciones” que “bailó e hizo cabriolas sobre el sepulcro de la libertad”. Pero, como republicano, sabía también que “la virtud tiene un enemigo más eterno” que las violencias y los fraudes bonapartistas: “la vieja costumbre, el crimen legal y la fe sanguinaria”, encarnados en la Santa Alianza.

Los tres –Jefferson, Goethe y Shelley– fueron en cierto sentido ajenos al gran conflicto de su época”, y por eso la interpretaron con mayor verdad y penetración que los asustados y odiadores partidistas de uno y otro lado.

Es una lástima y una vergüenza que la mayor parte de los intelectuales ex comunistas se inclinen a seguir la tradición de Wordsworth y Coleridge mejor que la de Goethe y Shelley.


NOTAS AL PIE

* Tomado de Herejes y renegados, Barcelona, Editorial Ariel, 1970. Este ensayo apareció como reseña de The God that Failed en The Reporter, Nueva York, abril de 1950.

1. En aquella aurora era una felicidad estar vivo; ¡pero ser joven era el cielo mismo!

2. En una honrada pobreza tu voz tejió/ cantos consagrados a la verdad y la libertad/ Al abandonarlos, me haces que lamente/ que, habiendo sido así, hayas dejado de serlo.